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Introducción

Bautizado inicialmente por Jovellanos con el nombre de Arte asturiano, hoy día se coincide en denominarlo Arte de la Monarquía Asturiana. El especial interés que han suscitado sus peculiaridades entre los investigadores y las teorías encontradas a la hora de explicar su origen quedan perfectamente reflejadas en toda una serie de nombres con los que se le ha intentado calificar. Este es el origen de términos como Arte Prerrománico Asturiano, Latino-bizantino o Pelagiano.

Alfonso II el Casto, por Víctor Hevia, en el Jardín de los Reyes Caudillos

Sin embargo, el apelativo actual es el que mejor define sus características. De hecho, lleva implícito en su mismo nombre dos de los aspectos más determinantes de este arte: la intervención de los monarcas en toda actividad constructiva (desde fines del S. VIII hasta fines del S. XII) tanto palatina como religiosa, y su lugar de desarrollo geográfico.

Es tal su vinculación con la monarquía, que el desarrollo histórico del reino y la evolución artística y estilística se encuentran interrelacionados. El carácter áulico influye claramente en la estructura y funcionalidad de las creaciones.

Si bien en un primer momento inicial, como en el caso de la Iglesia de la Santa Cruz, las empresas artísticas eran poco llamativas, según se afianza la monarquía frente al Islam y se alejan las fronteras hacia el sur, la situación mejora. La estabilidad definitiva la proporcionará Alfonso II, que fija la capital del reino en Oviedo y hace de ella una verdadera urbs regia a semejanza de la capital visigoda de Toledo, construyendo palacios, baños, hospitales, acueductos, iglesias, etc ...

Este será el punto de partida sobre el que se asentaron las bases de un estilo que aportó una extraordinaria serie de soluciones estructurales y ornamentales. Su evolución será paralela al desarrollo de la monarquía, finalizando con el traslado de la corte a León, tras la muerte de Alfonso III.

El objetivo de estas páginas es claro: que este arte, único en el mundo por sus peculiaridades y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1985, sea conocido por todos.

Su correcta apreciación como importantísimo testimonio de nuestro pasado es la única arma de la que dispone para su conservación. La valoración y conocimientos aportados por la divulgación científica se convierten entonces en el requisito clave a la hora de prevenir la destrucción de estas pequeñas joyas.